Breve historia de Santa Cruz de La Palma

Santa Cruz de La Palma se ha configurado a lo largo del tiempo como uno de los núcleos urbanos más bellos de Canarias; no en vano, en 1975, fue declarada conjunto histórico-artístico. Junto a estos valores monumentales, la capital palmera atesora un notable pasado, salpicado de hitos que trascienden las fronteras insulares y se encarnan en la historia general. Además, en la actualidad, esta urbe atlántica exhibe un soberbio patrimonio inmaterial, manifestado a través de un sugerente calendario festivo.

La Ciudad de La Palma, como así es conocida en el interior de la isla, fue fundada el 3 de mayo de 1493 (onomástica de la Invención de la Santa Cruz) y de aquí deriva su nombre. Se localiza en el centro de una amplia bahía, rodeada de pronunciados riscos que, si bien han dificultado su expansión, por otra parte han proporcionado a sus calles y plazas estampas de gran contenido plástico. La antigua villa se erigió sobre el sitio de Timibúcar, emplazamiento adscrito a la jurisdicción prehispánica del cantón de Tedote. Finalizado el proceso de conquista, los colonos españoles escogieron esta zona de la antigua Benahoare por dos razones de vital importancia: por la magnífica ensenada oceánica, que enseguida propiciará el arranque de un fructífero puerto comercial, y por disponer de un caudal hídrico constante con el que proveerse (a través de los barrancos de Las Nieves, hacia el norte, y de Nuestra Señora de los Dolores). El lugar del primitivo asiento castellano aún conserva elementos de esta etapa, como la cueva de Carías, residencia de los antiguos jefes indígenas y sede primigenia del concejo de la isla, y la ermita de La Encarnación, segundo templo levantado en el territorio palmés, cuya advocación alude al nacimiento de la nueva población, puesta a partir de entonces bajo los auspicios de la corona de Castilla.

Muy pronto, la capital palmera alcanzó un considerable desarrollo. Tanto su posición estratégica, en medio de las rutas atlánticas, como la agricultura de exportación, basada en los lucrativos negocios del azúcar (proveniente de los ingenios del valle de Aridane y de Los Sauces) y el vino, en especial, de los apreciados malvasías, favorecieron su crecimiento. Ya en 1541, Santa Cruz de La Palma era distinguida con el título de «Muy Noble y Leal Ciudad». Los viajeros del siglo XVI describen una urbe espléndida y cosmopolita. En este sentido, merece subrayarse la circunstancia de que en 1564, con objetivo de controlar el intenso tráfico trasatlántico, la corona dotó a Santa Cruz de La Palma con la constitución de la primera delegación en Canarias del Juzgado de Indias. De ello se deduce que la capital insular era, sin duda, uno de los enclaves portuarios de mayor calado de la época, al mismo nivel de tránsito que las radas más relevantes de Europa y del Nuevo Mundo. De este modo, bajo el respaldo del imperio español, a finales del siglo XVI, la ciudad palmense quedó configurada como un perfecto entramado marítimo. De un lado, con dos plazas públicas bien delimitadas, la mayor (a cuyo entorno se dispuso el concejo o ayuntamiento, el templo parroquial, la fuente pública y la casa de contratación) y la comercial (junto al muelle y como foro de negocios). De otro lado, la ciudad contó con un frente amurallado conformado por tres castillos y un sistema de reductos a lo largo de todo su litoral con objeto de protegerse de los ataques navales. Ello fue necesario debido a la codicia de las poderosas flotas enemigas de la corona, como la del francés François Le Clerc, que asaltó y saqueó la ciudad en 1553, o la del almirante británico Francis Drake, quien, en 1585, logró ser rechazado por las milicias insulares.

Y es así como Santa Cruz de La Palma absorbió, con el transcurso de los años, múltiples ascendencias externas. Influjos provenientes de Castilla, Aragón, Portugal, Flandes, Italia, Francia o América moldearon la naturaleza de sus pobladores. Entrado el siglo XVII, en el momento más brillante de la cultura barroca, surgen en Santa Cruz de La Palma unas maneras isleñas propias, plasmadas en su literatura como en sus bellas artes o en sus modos festivos. Sin duda, el carácter o la idiosincrasia de los palmeros actuales hunden sus fundamentos en este momento histórico. El gusto por lo pomposo y exuberante (como trasunto del paisaje de la propia isla) o el poso teatral desplegado en todas sus manifestaciones públicas encuentran aquí su más genuina y profunda raíz.

Sin embargo, la decadencia económica y el propio aislamiento social acabaron con el tiempo por viciar los comportamientos políticos. Aunque en el siglo XVIII, al igual que en otras muchas ciudades y villas hispánicas, el Cabildo de La Palma se encontraba conformado por un grupo cerrado de regidores perpetuos y hereditarios, las actuaciones arbitrarias y despóticas de estos gobernantes propiciaron, tras un pleito abierto en el Consejo de Castilla, su derrocamiento y la elección, en 1773, del nuevo senado palmés a través de un sistema censitario. Este hecho constituye una de las primeras elecciones protodemocráticas celebradas en España y uno de los más claros antecedentes de la Constitución de Cádiz de 1812. Santa Cruz de La Palma se convirtió así en 1773 en una de las ciudades más avanzadas y liberales de su época.

Este hilo de progreso fue continuado en la centuria siguiente por un conjunto de próceres locales quienes, con un hondo sentido patriótico, se volcaron en el bienestar de sus conciudadanos y en la mejora general de La Palma. En este ámbito, debe señalarse el impulso de la educación, los avances en asistencia sanitaria o en las iniciativas desplegadas en el medio agrícola, industrial o cultural de la isla. En muchas de estas facetas, Santa Cruz de La Palma se puso a la cabeza del archipiélago canario. Buenos ejemplos son la construcción naval, con la botadura de más de un centenar de embarcaciones entre 1809 y los albores del Novecientos, o la instalación del primer  alumbrado eléctrico público (1893) y el mayor tendido telefónico (1894) de Canarias. En el terreno cultural, la proliferación de numerosas cabeceras de las más diversas tendencias o el florecimiento de instituciones científicas, económicas o secretas, cuyo más preclaro exponente es la Real Sociedad Cosmológica (fundada en 1881), fijaron en la mentalidad colectiva unos modos de contemplar el mundo en los que la isla fue, por encima de criterios ideológicos y personalistas, su más alto paradigma.

El siglo XX, marcado por unos enormes avances que han terciado en todas las parcelas de la vida humana, ha servido a Santa Cruz de La Palma para su homologación social. En esta coyuntura, la ciudad ha sabido reinventarse y exponer sus raíces en unos modelos festivos sujetos a una hollada tradición. Algunos, como la Bajada de la Virgen de las Nieves, celebración que alberga uno los protocolos lúdicos más singulares del mundo hispánico, reclaman ya una distinción universal. Otros, como el Carnaval, han sabido avivar esa esencia palmesana de enorme carga dramática en la recreación, por ejemplo, de la parodia La llegada de los Indianos, celebrada el lunes de Carnestolendas.

En sus cinco siglos de historia, cinco nítidos trazos han signado el discurrir de Santa Cruz de La Palma: la conformación de una sociedad abierta y de intensos intercambios comerciales; la plasmación de una estética y unos gustos bien arraigados en las formas barrocas; el decanato de unas conductas democráticas de gobierno frente al resto de regiones pertenecientes al reino de España; el arrojo, el ingenio o la pericia para la puesta en práctica y discusión de cuantos adelantos o ideas se iban sucediendo; y, por último, en fecha más reciente, la escenificación de un programa festivo único, de profunda riqueza y originalidad. Se abre ahora una nueva centuria. Dicho todo ello, lo que no cabe cuestionar es que el futuro será más fascinante que este añorado pasado.

Manuel Poggio Capote

Cronista Oficial de Santa Cruz de La Palma
 

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